domingo, 12 de marzo de 2017

El jardín de la Fundación Segundo y Santiago Montes, un retorno al pasado con mirada del presente




La calle Núñez de Arce, en el tramo comprendido entre Cascajares y López Gómez, parece que se mantuviera todavía en otra época. En su época, la decimonónica, cuando naciera el poeta Gaspar Núñez de Arce. Hay una huella todavía viva de aquellas casas de apenas uno o dos pisos con jardín y verja anterior a la entrada. Justo al lado de donde se supone que naciera el poeta se encuentra la sede de la Fundación Segundo y Santiago Montes que, con casi veintitrés años a sus espaldas, se sigue dedicando a proyectos de cooperación al desarrollo en El Salvador. Hoy, esta parte de la calle, peatonalizada y con dos hoteles acordes con la fisionomía de la misma, reviste un encanto recoleto pues su situación céntrica, prácticamente a la sombra de la catedral, genera una especie de oasis arquitectónico y urbanístico, a cobijo del tráfico de otras vías próximas.

Pero este rincón acogedor no es solamente la sede de un ente o un jardín, sino un ámbito donde se realizan a lo largo del curso exposiciones de artistas plásticos o de fotografía, así como conferencias, presentaciones de libros y lecturas poéticas, conciertos. Un retorno al pasado, con miradas avanzadas del presente.






Y en el jardín, Jorge Oteiza de nuevo. Un obsequio de reconocimiento del escultor a su amigo Santiago Montes en forma de chapa pintada a la que tituló Retrato de un gudari llamado Odiseo. El escultor sabría por qué.

Jorge Ramos y Fernando Zaparaín, de la Escuela de Arquitectura de Valladolid, dicen sobre ella:

"Es una obra que expresa muy bien el final de las investigaciones de Oteiza, su concepción de la escultura como hecho arquitectónico, que por lo tanto, se centra en construir un hueco interior habitable mediante superficies yuxtapuestas. Esas superficies son de chapa recortada y soldada en sus aristas, con el grosor estándar del propio material constructivo. No existen vestigios de la masa modelada de sus comienzos y ni siquiera se experimenta sobre el volumen como hacen las maclas volumétricas de los cuboides y tizas. Todo el esfuerzo se dedica a definir una envolvente que active y haga significante el vacío interior. Algo que se consigue con la operación de plegar, concebida como la transición de unas caras a otras siguiendo las ortogonales del triedro euclídeo. Para ello son de suma importancia los recortes a los que se someten los planos de ese triedro, y la selección precisa de las aristas más decisivas para soportar el artefacto y definir un prisma virtual dinámico. El plegado garantiza la superposición y el silueteado de unas caras del cubo virtual sobre otras a través, precisamente, del vacío interior. Este último se llena de relaciones y sirve de puente entre los distintos planos plegados y recortados. Es un espacio diagonal y dinámico que fuga por las esquinas y bordes. Paradójicamente la escultura se reduce a composiciones bidimensionales porque las caras se ven como siluetas oscuras sobre el vacío espacial luminoso y blanco".

¿Permiten las plantas del jardín esa visión sobre la obra, algo que tal vez se podría objetar? Oteiza, no obstante, decidió su instalación donde está ahora, calculando incluso la propia base de cemento sobre la que se yergue. A mi modo de ver las plantas no trastocan el sentido de la escultura, pues el que quiere ver no tiene más que moverse y buscar los ángulos adecuados.





También se puede admirar en el mismo jardín dos trabajos de Miguel Isla, un autor nacido en Tudela de Duero (Valladolid) y cuyas obras se han expandido por diversos países, tales como Egipto, Turquía, China, Siria, Corea, Georgia, Argentina, Japón.... 

De Isla dice María Calleja, de la Fundación Segundo y Santiago Montes: "Considero que su trayectoria es, al menos, sorprendente porque desde un principio prescindió de un entorno que le podía ser más o menos amigable y se aventuró por esos mundos ignotos, míticos, para dejar la huella de su trabajo junto a los más bellos monumentos de la antigüedad y los paisajes más exóticos y sugerentes. Creo que no me equivoco si mantengo que Miguel Isla es el escultor más internacional y más arriesgado de cuantos han surgido en nuestra tierra en los últimos cuarenta años". 



El profesor de Historia del Arte Ignacio Mínguez opina sobre el trabajo de Miguel Isla: "La materia en sus manos se convierte en esencia, sea papel, madera, piedra o metal, haciéndose visible, palpable, legible ante nuestros sentidos, simplicidad plena. El espacio se nos muestra abierto, y a la vez lo encierra todo, aglutinando el todo y la parte, creando axiomas imposibles, cargados de una enorme belleza y simbolismo plástico. El tiempo se transforma, rompe los moldes marcados, busca ámbito nuevos, cauces por los que derramarse empapando toda la obra".

Contar, por lo tanto, en el jardín de entrada a la Fundación con dos representaciones de este autor es todo un lujo. Para quien desee saber más, decir que en esta sede existe un catálogo a la venta sobre las briosas esculturas de Miguel Isla por las regiones más apartadas del planeta.  



  










En la fachada de la entrada a la Fundación, un relieve del escultor Luis Santiago Pardo celebra a la pintora Cristina Montes, una de los hermanos Montes. A muchos paisanos Luis Santiago Pardo les sonará más por la escultura de Rosa Chacel sentada en un banco de la acera de la Plaza del Poniente o el conjunto de Jorge Guillén y los niños jugando a los barcos en la fuente del Parque del Poniente que se repondrá tras la nueva remodelación.



Disfruten del paseo por este tramo de calle, contemplen las fachadas de los edificios restaurados pero acordes, en especial los dos que disponen de jardín. El traslado imaginativo a otro tiempo está asegurado.


martes, 7 de marzo de 2017

Entre la mano floreciente de la primavera y los pinceles exuberantes de Manolo Sierra




Eran días duros de invierno riguroso cuando Manolo Sierra, pintor y peculiar muralista, se lanzó a decorar la fachada de La flor de la canela, a solicitud del establecimiento para celebrar los 15 años que lleva abierto. Pero es que con Manolo Sierra no hay quien pueda ni en materia de frío ni en materia plástica de calle. La iniciativa privada de decorar con estética y alegría parte o proximidad de sus fachadas nos parece a algunos un logro y una línea a seguir. Los perfiles grises que ofrece en muchas calles la ciudad bien merecen ser alterados por coloridos y temáticas que expresen el corazón de la vida urbana. Ya se han visto últimamente puertas abatibles de garajes decoradas con calidad y técnica. Sirven para alegrar y desalojar con su mera presencia las tentaciones de fealdad y emborronamiento de grafiteros sin gusto, cuyo objetivo único parece ser competir a lo tonto entre sí. Por otro lado, pendiente está que se emprenda una acción plástica, también imaginativa y de buen lustre, sobre las numerosas medianeras que abundan en edificios de Valladolid. Ahí el Ayuntamiento debe dar pasos porque artistas dispuestos a la labor creo que los hay.

Justo mes y pico después de la realización del colorista y exuberante mural la avanzadilla de la primavera se anuncia con sus flores de almendro. Justo detrás del bar, en el paso de la Guardería, ahí junto al Arco de Ladrillo.




Pero La flor de la canela es más que un vals de Chabuca Granda. Viene de cierta expresión que ya Sebastián de Covarrubias, autor del extraordinario "Tesoro de la lengua castellana", había definido en 1611. "Para encarecer una cosa de excelente solemos dezir, q es la flor de la de canela". Y en otro lugar vuelve a matizar: "Flor de la canela, lo muy perfeto". Es curioso cómo en torno a esta expresión parecen coincidir la interpretación de Manolo Sierra y la agradable estancia del bar homónimo, a la que se suma una secuela  poética. Llega a mis manos el último libro de poemas de Javier Dámaso, titulado Viajero inmóvil, y en él encuentro este poema titulado precisamente, el autor sabrá por qué, "La flor de la canela":


"Y a aquella limeña
primorosa
que cruzó el mar
para buscarme,
¡cómo no desearla!

Mas resultaba evidente
que yo no le importaba.
Su voluntad categórica,
su enorme determinación
me convertía en glacial.

No era a mí
a quien amaba.
Ella sólo amaba una idea,
una única idea,
la particular imagen
que se hacía de mí".





Recientemente incorporada a la fachada esta talla en madera incisa del artífice José Arcadio Unibaso, Josito, que se incorpora a la seña de identidad del establecimiento.











viernes, 3 de marzo de 2017

La macla de Oteiza y sus sombras




No sé por qué me gusta tanto la macla de Oteiza. Comprenderla racionalmente cuesta, aunque uno puede informarse, si bien entra en los terrenos de la física y de la geometría de los planos y queda desbordado. La observación y deleite con las formas del complejo y variado bloque, sí.

Tal vez no haya muchos vallisoletanos que conozcan la escultura de Jorge Oteiza  -se titula macla de dos cuboides abiertos-  situada junto al ábside de la antigua iglesia de San Agustín, hoy sede del Archivo Municipal, en el Paseo de Isabel la Católica. Está en un pequeño espacio con carácter de recuperación arqueológica  -hay próximas unas lápidas de antiguos enterramientos-  que es de fácil acceso pero que no he visto frecuentado por los viandantes. Sin embargo, el espacio, tan próximo a una vía de tráfico considerable, está bien pensado y el paseante tiene la sensación de alejarse del ruido. ¿Solo por el espacio en sí o también por la piedra tallada por Oteiza? 




Los profesores Fernando Zaparaín y Jorge Ramos, de la Escuela de Arquitectura de Valladolid, dicen en un trabajo que versa acerca de las obras de Oteiza existentes en nuestra ciudad: "El término macla alude, en el lenguaje geológico, a la asociación de dos o más cristales gemelos orientados simétricamente respecto a un eje o un plano. Pero a diferencia de estos cristales, los cuboides Malevich se conjugan de forma asimétrica. Normalmente, varios planos rectos, orientados entre sí diagonalmente, se combinan a su vez con otros planos incurvados (...) Lo particular de la macla es el aspecto de unión inseparable. La fusión de varios elementos produce la sensación de una alta concentración de energía, proporcional a la que se necesitaría para separarlos".

Física y geometría retroalimentándose y rehaciéndose de manos de Oteiza. "En las maclas  -dicen los citados profesores-  funcionan dos tipos de energías contrapuestas: la externa, que moldea al sólido, y la interna, consecuencia de la fusión de elementos. Esta característica produce una gran tensión dinámica que, como sabemos, Oteiza traduce en expresividad, una característica que pretendía apagar". 




El espacio donde se ubica la escultura es suficientemente amplio como para contemplarla desde todos sus ángulos y recovecos. Pero a la vez es un espacio consolidado, con suelo firme que equilibra la macla, con un talud de piedra a distancia suficiente para no interferir ni comer a la escultura, y que diferencia el espacio superior donde se ubica San Agustín de la plaza propia que eleva la centralidad de la escultura. Y con un banco corrido que debería reclamar, con el buen tiempo, naturalmente, la parada y sosiego de los paseantes. E incluso, ¿por qué no?, concebirlo como lugar de cita para algún tipo de acto sereno, una lectura oral, una presentación pública de libros. Seguro que la escultura y su propia energía manifiesta se encontraría menos sola.










domingo, 26 de febrero de 2017

Mercado del Val, más que un superviviente




El Mercado del Val es más que un superviviente, es como un nuevo parto. Mantiene su ubicación de 1892, año de su inauguración. y su estructura metálica vertical. Todo lo demás, nuevo. Tal vez tomando como inspiración originaria el Mercado de Les Halles, de París, derribado hace unas décadas, y urgido por las necesidades de la población el Ayuntamiento tomó la decisión en el último cuarto del siglo XIX de levantar los mercados de Portugalete, Campillo de San Andrés (hoy Plaza de España) y Val. 

Desgraciadamente, una  mala visión en materia urbanística que cundió en Valladolid en las décadas de los 60, 70 y 80 del siglo pasado propició la desaparición de los mercados de Portugalete y Campillo, así como el fomento de una tipología de edificación de altura desmesurada en sus entornos. Que el Val haya sobrevivido a duras penas y que ahora renazca nuevamente, no obstante sus importantes inversiones, es motivo de felicitación. También, lógicamente para el quehacer de la compra y, cómo no, un espacio más para el paseo y la valoración de lo que dispone en materia de mercados una ciudad en estos tiempos.




Vista del mercado entre las dos grandes pilastras del pórtico de entrada a San Benito. El mercado del Val está situado en el corazón histórico de Valladolid. Detrás de la Plaza Mayor y junto al antiguo complejo de San Benito, donde coexisten instituciones tan diferentes como la iglesia, la concejalía de Urbanismo y el Museo de Arte Contemporáneo Patio Herreriano. Las fotografías adjuntas solo pretenden rendir homenaje a esta reinauguración. Y dar de paso una idea de la reconfiguración de los espacios comerciales a aquellos conciudadanos que aún no lo hayan visitado.
















domingo, 19 de febrero de 2017

Henry Moore toma Cadenas de San Gregorio



Se podría decir que hasta el día 2 de abril la calle Cadenas de San Gregorio  -uno de esos grandes éxitos de peatonalización real en nuestra ciudad-  va a ser la calle de Henry Moore. La histórica calle debe sentirse honrada con la visita de una obra abstracta tan impresionante. Pero a su vez, las esculturas de Moore tienen que reconocer desde su silencio un tanto presuntuoso que están habitando muros de palacios y colegios seculares. No hay combate entre materiales. Piedra de fachadas y metal de las esculturas van a convivir durante dos meses sin vencedores ni vencidos. Una buena propuesta para el ciudadano de a pie: aprovechar la visita a estas obras para visitar el Museo de Escultura y su adjunta Casa del Sol. Todo es organizarse y disfrutar. Aparcar quehaceres o disponer unas horas de ocio para ver esta parte de la ciudad con huellas diferentes. Seguro que después se sale con otra mirada.



"El bronce es un material maravilloso, adquiere una pátina y resiste todos los climas. Basta con mirar los bronces antiguos, como por ejemplo la estatua ecuestre de Marco Aurelio en Roma. Me encanta quedarme debajo de esta estatua, porque es tan grande. Bajo el vientre del caballo la lluvia ha dejado unas marcas que subrayan la parte por donde ha estado corriendo durante siglos. Esta estatua tiene casi dos mil años, y sin embargo el bronce está en perfecto estado. El bronce es realmente más impermeable al tiempo que la mayor parte de las piedras".

Tal parece que este texto de Henry Moore, que extraigo del catálogo de una exposición en Madrid de hace treinta y seis años, fuera también una invitación a dejarnos acoger por las monumentales obras expuestas en la calle, donde el clima vallisoletano también será un desafío para ellas y para las teorías de Moore.  





Volúmenes, huecos, curvas que se proyectan para alejarse o para encontrarse de nuevo en sus recónditas oquedades. Formas, en fin, que se retuercen sobre sí mismas o que se expanden, encarnaciones que pueden parecernos más figurativas o que rompen nuestros esquema lineales, pero no menos integrantes de la realidad en ninguno de los casos. El peatón se admira de la disposición inquietante de cada escultura de Moore. Posiblemente es ese escorzo dinámica de estas obras la que atrae nuestra mirada. Decía Moore:

"La escultura, comparada con la pintura, tiene algunas desventajas, pero puede tener una gran ventaja con respecto a la pintura, y es que se puede mirar desde todos los lados:y si se utiliza y explota enteramente este atributo, entonces es posible dar a la escultura una sorpresa y un interés continuos, cambiantes e inagotables".




Siguiendo con las revelaciones de Henry Moore:

"Una de las cosas que me gustaría pensar que tiene mi escultura es una fuerza, una intensidad, una vida, una vitalidad desde su interior, de modo que se tenga la sensación de que la forma está empujando desde dentro intentando estallar o intentando irradiar la intensidad desde su propio interior en lugar de tener algo que se ha formado simplemente desde el exterior y se ha parado. Es como si uno tuviese algo que está intentando convertirse en una forma desde su propio interior".

¿Será por esa razón por la que el paseante percibe cada escultura de Moore como una fuerza viviente, siempre en proceso de hacerse y transformarse? Tal vez como el cuerpo mismo, como el impulso de vida que cada uno de nuestros cuerpos lleva consigo, un devenir efímero pero que nos da un sentido conciencia de estar habitando este mundo.




Como leer las interpretaciones de Henry Moore a su propia obra, que es la comprobación de la física misma de las cosas, son una delicia y ayuda a saber más de lo que el autor pretende sigo transcribiendo sus opiniones: 

"Con el tiempo descubrí que forma y espacio son exactamente la misma cosa. No se puede comprender el espacio sin comprender la forma.

Por ejemplo, para comprender la forma en su completa realidad tridimensional hay que comprender el espacio que desplazaría al quitarla. No se puede medir un espacio sin medirlo de un punto a otro. Los cielos tienen un espacio que podemos comprender porque hay puntos  -las estrellas y el sol-   que están a distancias distintas unos de los otros. Del mismo modo solo podemos ver el espacio en un paisaje relacionando el primer plano y la distancia intermedia con la distancia más lejana. Para comprender la distancia entre mi pulgar y mi índice se necesita exactamente la misma comprensión que en las distancias del paisaje".




Uno de los aspectos que más sorprende al que se aproxima a la obra de Henry Moore es la creación de oquedades, esos agujeros que genera en alguna parte de sus estatuas, como eco de los primitivos guijarros. Y aunque en el siguiente texto se refiere en principio a la piedra es trasladable en cierto modo su criterio también al bronce:

"Un trozo de`piedra puede estar atravesado por un agujero y no quedar debilitado, siempre y cuando el agujero sea de un tamaño, un contorno y una dirección estudiados. Por el principio del arco, puede permanecer igual de fuerte. El primer agujero hecho con un trozo de piedra es una revelación. El agujero conecta una parte con la otra, haciéndolo inmediatamente más tridimensional. Un agujero puede tener en sí mismo tanto significado de contorno como una masa sólida".

La idea del agujero es una constante en todas las obras de Moore, sean en unos materiales u otros. No en vano él reconoce que "el gusto por los agujeros surgió del deseo de crear espacio y formas tridimensionales. Para mí el agujero no es simplemente un agujero redondo. Es la penetración que atraviesa el bloque de la parte anterior a la posterior. Para mí esto fue una revelación, un gran esfuerzo mental. Lo difícil fue tener la idea de hacerlo, no el esfuerzo físico".

Es de suponer que la manera de trabajar unos materiales u otros varía, así como su resultado. Pero la idea fundamental de los huecos en una escultura late en cualquiera de ellos.






¿Puede el paseante permanecer impasible ante las obras de Henry Moore? ¿Puede quejarse de que no entiende, no ve, no sabe? Pero el escultor no tiene la culpa, porque él sí capta, si comprende, si aprende. Y lo aclara:

"A primera vista la escultura debe tener algunas oscuridades y otros significados. La gente tiene que querer seguir mirando y pensando; la escultura nunca tiene que revelarlo todo inmediatamente. Al principio, tanto la escultura como la pintura exigen un esfuerzo para poder apreciarlas completamente, de otro modo no es más que una inmediatez vacía, como un anuncio, que está diseñado para que la gente que viaje en autobús lo lea en medio segundo. En efecto, todo arte debería tener más misterio y significados del que resulta evidente a un observador rápido".

Ciertamente, quien llega a este territorio de Moore no se queda sin sentirse afectado. Se pregunta, se sorprende, se intriga. Un logro, sin duda, el paso de los volúmenes de Moore por el casco antiguo de Valladolid. Y un ejemplo que debería repetirse con otros autores y otras creaciones.






* Los textos de Henry Moore están extraídos del libro "Henry Moore", editado por el British Council, la Fundación Henry Moore y el Ministerio de Cultura en 1981, a propósito de una exposición retrospectiva de Esculturas, Dibujos y Grabados desarrollados por el autor entre 1921 y 1981.



sábado, 11 de febrero de 2017

El torso superviviente de Emiliano Barral



Si ya se ha hablado en este blog del monumento al poeta Núñez de Arce, labrado por Emiliano Barral, y ubicado en el Campo Grande, hoy hablemos de una huella. Un torso que, casi por casualidad, se encuentra a la abrigadora intemperie del Jardín del Museo de Escultura. Porque casualidad fue que el catedrático de Historia del Arte Juan José Martín González lo encontrara en los 80 del pasado siglo por el Carmen de Extramuros.

Este esbelto torso de matrona, en la mejor tradición grecolatina, formaba parte de un conjunto escultórico que iba a recordar al poeta Leopoldo Cano, muerto en 1934. El Ayuntamiento se lo adjudicó a Emiliano Barral, un escultor joven experimentado y con bastante talento que ya había realizado en la ciudad la otra obra citada, y en 1935 fue erigido en la Plaza de la Libertad, próxima a la casa natal del escritor. Avatares políticos de aquel bienio forzaron el desmantelamiento del conjunto y su relegación a otra zona de la ciudad. Solo a mediados de 1936 volvió a recuperarse un lugar digno, la Plaza de la Trinidad, aunque por poco tiempo, pues el golpe de Estado condujo a que los insurrectos, que no compartían precisamente ni la adscripción política del escultor, ni la alegoría del conjunto, decidieran su violenta demolición. De los restos nada se supo nunca más. Por ello no deja de ser un golpe de azar que fuera descubierto el torso de figura femenina hace pocas décadas y recuperado para su exhibición. Aunque, personalmente, pienso que no sería de extrañar que otras partes del conjunto derruido figuraran de adorno en alguna finca o predio. No pocos casos se han dado.




El monumento se inspiró en una poesía de Leopoldo Cano titulada 'Las fronteras'. El historiador y periodista Enrique Berzal lo ha descrito recientemente así: "Barral había interpretado la poesía de Leopoldo Cano como una oda a la fraternidad universal, por lo que optó por una composición alegórica harto singular: una gran figura femenina, hierática, mirando al frente, con la pierna derecha y el brazo derecho levantados, mientras sujetaba un manto que le caía al lado del cuerpo. Tres niños desnudos, situados a su izquierda, con los brazos levantados, le agarraban la ropa. La hojita de olivo que portaba en su mano era el símbolo de la paz". Con tal alegoría inequívoca, pletórica de una riqueza de símbolos que la hacían complementaria del poema 'Las fronteras', no es de extrañar que a los intolerantes de su tiempo les resultara insoportable. 




Los restos de esculturas amputadas tienen siempre un encanto que, por un lado nos hacen añorar la obra completa que no llegó hasta nosotros, pero por otra nos suma en los sueños y el interés por conocer la mentalidad de otros tiempos. Basta con ver numerosas obras de la Antigüedad clásica demediadas para admirar en apenas un trozo de piedra esculpida lo que tuvo que suponer su realización total. Y nos admiramos por lo que hemos heredado, y nos consolamos con esa parte de herencia. El torso de la matrona de Barral no es una mera copia griega o helenística, es también una afirmación del rigor de las formas en que se empeñó el escultor y una labor de talla exigente y moderna. 






La ubicación del torso bajo las arcadas de un antiguo patio nobiliario trasladado para su salvaguarda a este jardín puede parecer de una orfandad casi rayana en el olvido. ¿Cuántos de los visitantes del Museo de Escultura se detienen al final de la visita para contemplar e interesarse por la escultura y el lugar? Probablemente el jardín podría enriquecerse más con un incremento de labor de jardinería, no sé. Hay algo de soledad castellana en el jardín del que acaso podría sacarse mayor provecho.

Traigo un retazo del poema de Leopoldo Cano, 'Las fronteras', que me parece que debió ser ya sugerente en su tiempo.

"Yo mirando tristemente
 esta línea fronteriza
 que por tierra se desliza
 con aspecto de serpiente,
 y recordando los lazos
 que el hombre rompió iracundo,
 pensé: 'El amor creó al mundo
 y el odio lo hizo pedazos".

¿Sería una premonición de Leopoldo Cano sobre los tiempos funestos que iban a llegar al país y que él no conocería?

Para hacernos una idea, adjunto una fotografía, aparecida en su día en El Norte de Castilla, con Barral en primer plano, del grupo escultórico a Leopoldo Cano.