"...También las casas me son conocidas. Cuando camino, todas parecen correr por la calle delante de mí, todas sus ventanas me miran y casi me hablan: 'Muy buenas, ¿qué tal está? Yo bien, gracias a Dios, pero en el mes de mayo me añadirán un piso' O '¿Qué tal está? Resulta que mañana vienen a hacerme unos arreglos' O 'Por poco no salgo ardiendo, me asusté'. Entre ellas tengo favoritas, amigas íntimas; una tiene intención de que este verano le trate un arquitecto. Pasaré a propósito todos los días para que no la curen de cualquier forma, ¡protégela, Señor! Y nunca olvidaré la historia de una casita muy linda, color rosa claro. Era una casa de piedra muy bonita, me miraba tan afablemente, miraba a sus torpes vecinas con tanto orgullo que mi corazón se alegraba cuando tenía ocasión de pasar junto a ella. Y, de repente, la semana pasada voy paseando por la calle y fue mirar a mi amiga y oír un grito lastimero: 'Van a pintarme de amarillo'. ¡Canallas1 ¡Bárbaros! No se apiadaron de nada, ni de las columnas ni de las cornisas, y mi amiga amarilleció como un canario".
Estas palabras, estos sentimientos, los expresó Fiódor Dostoievski en su relato Noches blancas. Su sensibilidad con el estado y el mantenimiento de los edificios de San Petersburgo están fuera de toda duda. ¿Qué añadiría el magistral escritor si viera consumirse la trabajada puerta de un vetusto edificio de la calle Pasión esquinada con la Plaza Mayor? Por otra parte, si los antiguos entalladores de esta puerta repleta de fantasía mitológica vieran su estado de decrepitud, ¿qué dirían al observar el desgaste y las telarañas? No me extrañaría que dieran rienda suelta a una queja emotiva y pensaría en la ingratitud de una ciudadanía y una autoridad a las que parece darles igual lo que les ha legado el pasado. Unas ninfas se columpian en una especie de ramaje lunar mientras Sol, con rostro lascivo, trata de poseerlas con sus rayos. Pero las ninfas se entienden con los faunos juveniles, en un juego de seducciones en el que nunca estuvo claro quién seducía a quién.
Ah, las ninfas. Parece que siempre nos hubieran pintado a los faunos como los perseguidores de aquellas, y no digo que no, pero ellas tenían una sustancia superior. En el interesante y grato libro titulado El murmullo del agua, de María Belmonte, se nos ofrece una información sintetizada:
"En la mitología griega las ninfas eran divinidades que encarnaban la naturaleza donadora de fertilidad y vivían en manantiales (náyades), en los árboles (dríadas), en las cimas de las montañas (oréades), en ríos, cuevas, arroyos y mares (nereidas) Personificaban la sacralidad del curso del agua o del paraje que habitaban y se las representaba semidesnudas y eternamente jóvenes y deseables. Las ninfas poseían un aura sensual y sexual que no compartían con nionguna de las diosas olímpicas, salvo Afrodita. Cualquier lugar que fuera fresco, verde y agradable a la vista podía ser el hogar de las ninfas, y esos lugares eran considerados sus jardines y a menudo estaban situados a la entrada de una cueva de la que brotaba una fuente".
¿No encaja la descripción en la puerta? ¿No están ellas en su semidesnudez, tal como lo cuenta María Belmonte? ¿No hay entre ellas y los faunos una representación de jardín y fuente, una síntesis de la vida agreste y misteriosa que parece complacer a sus habitantes? ¿No se está dando un juego de seducción entre el ofrecimiento de una rosa por una de ellas o la caída de los paños del vestido de la otra? En ese lugar ameno que describe la puerta, ¿no está teniendo lugar una sumisa inclinación de los faunos hacia ellas, uno haciendo sonar la siringa y el otro elevándose para alcanzar la flor que le es ofrecida? Sí, los faunos también eran considerados por la mitología grecorromana divinidades de campos y pastos y representaban espíritus del bosque o de las llanuras. Ninfas y faunos se complementaban en la mentalidad del mito. Las fuerzas de la naturaleza, en colisión y en colaboración.
Qué lástima que esta puerta tan descriptiva, tan pedagógica incluso, sea ignorada. Qué pena que si no se rehabilita el edificio más que centenario se corra el riesgo de que se pierda o al menos que el deterioro vaya a más. Por cierto, ¿cuántos de los que transitan este corazón de la ciudad se detienen siquiera un momento y se sorprenden con la iconografía y el buen hacer del artesano entallador? Por no preguntarme ingenuamente: ¿cuántos de los que pasan por delante sabrían interpretar la imagen?











Paseante:
ResponderEliminar¡qué puerta tan bonita!
A ver si la restauran, como una que pusiste tiempo ha.
Salu2.
Más de una vez cuando he pasado por delante de esta puerta me he preguntado cómo puede seguir así, estropeándose, perdiendo lustre y con riesgo de acabar más dañada todavía. No deja de ser una obra de arte y al alcance visual del público. Poco aprecio al trabajo artesano del pasado.
ResponderEliminarSaludos. Carmelo