Empieza a sonar la hora de la floración. Balbuceos de una primavera que se intuye. Las riberas del río Pisuerga parecen estimularse aunque el verdor todavía tardará lo suyo. Ir a pasear hasta el Puente Colgante, el otro puente histórico de Valladolid, un sábado de fútbol -los fieles irredentos que no se dan por vencidos iban camino del Estadio Zorrilla- es un aliciente. El sol bondadoso del día irá perdiendo fuerza y el aire afilado, típico de nuestra ciudad, seguirá acompañándonos.
Todos los puentes son hijos de su tiempo histórico, solo que la ciudad desde 1080 en que se levantó el Puente Mayor, bajo el patrocinio del conde Ansúrez y doña Eylo, no había tenido otro hasta avanzada la segunda mitad del siglo XIX. Si había que pasar de una orilla a la otra se hacía en barca, como ha sido usual en tantos ríos del mundo. Pero la historia es cambio, avance -también retroceso- y sobre todo necesidad de adaptar la ciudad a períodos de progreso. Y en ese siglo de revitalización urbana, industrial y social, se hizo preciso construir un nuevo puente a la altura del antiguo Monasterio del Prado, que en nuestra infancia conocimos como manicomio, uniendo la vieja carretera de Salamanca de parte más céntrica con la otra orilla, donde ahora sí va la nueva carretera a la provincia vecina.
Fernando Rosell Campos, en su interesantísimo estudio Historia del saneamiento de Valladolid, editado por el Ayuntaniento, hablando de los avances de Valladolid a mediados del siglo XIX -el ferrocarril, el auge de la industria harinera y la producción de lana, las comunicaciones con los puertos del Norte, etc.- dice que "Las clases acomodadas, ahora más abundantes buscan calidad de vida mirando los adelantos de las grandes ciudades españolas y extranjeras, no solo en viajes (ya más fáciles) sino también prensa, revistas y demás publicaciones. Los menos afortunados miran hacia los escalones sociales que les superan económicamente y copian en lo posible las novedades".
De la piedra al hierro, pues, podría resumirse una parte de la historia de las construcciones para el transporte y la movilidad del pasado. Porque luego llegó el hormigón, por ejemplo, y otros materiales, con los que ya nuevos puentes que atraviesan la ciudad permiten el tránsito cómodo.
El crecimiento industrial y de nuevos barrios de Valladolid en el siglo XIX exigieron por lo tanto el llamado Puente Colgante. Que de colgante no tiene nada, pero que hereda el nombre porque en 1851 se planteó así. Pero como tal planteamiento constructivo no estuvo nunca claro y seguramente la vertiente económica acabó por desestimar el proyecto, según comenta Juan Carlos Arnuncio en su Guía de Arquitectura de Valladolid, se suspendieron las obras. Solo unos años después, en 1861 se retoma renunciando a la idea original. Fue el ingeniero Lucio del Valle quien propuso "una estructura metálica don dos cerchas curvas de gran canto disponiéndose el tablero por los cordones interiores", en cita de Arnuncio. En 1864 ya estaba terminado, con una longitud de 69 metros de orilla a orilla y un ancho de 7 metros. Siendo de hierro hay que precisar que el conjunto mayor es de hierro forjado, pero las bases de entrada y salida son de hierro fundido, algo que a primera vista ni se me ocurriría distinguir. ¿Los artífices? Los ingleses (respuesta simple) La empresa John Henderson Porter, de Birmingham.
Fernando Rosell Campos, en el libro antes citado nos aporta algunos matices, aunque abundemos en la información: "La ciudad (medidado el XIX) resurge, cambia de aspecto. Frente al centenar de faroles de aceite de principios de siglo, hay farolas de gas desde 1854 y con la fábrica de gas reniovada en 1859 se llega a servir a más de mil puntos de luz de la vía pública y a los abonados privados. El puente del Prado o puente de hierro, mal llamado puente colgante porque se previó como tal en 1853, con proyecto del ingeniero de Caminos Andrés Mendizábal e incluso se empezó a construir, pero luego se reproyectó en 1854 por el mismo ingeniero como sostenido por dos cerchas de fundición de hierro en arco, quizás para evitar la sensación poco grata de movimiento de la estructura al cruzar por una obra excesivamente flexible; finalmente se encarga en Birmingham (1860) otra variante más novedosa (sistema 'cuerda de arco parabólico', que los ingleses llaman bowstring) y se monta en 1864 con proyecto de Lucio del Valle". Parece haber mucha técnica en el texto, que la mayoría entenderemos poco o mal, pero en esa descripción está la clave que nos permite valorar lo que tenemos.
Pero no se trata de que tanto hablar del puente reduzca y opaque el resto. La ribera y su ecosistema, el flujo de agua cuyo caudal ha bajado considerablemente, a niveles normales, tras el volumen que ha traído en semanas pasadas, la atención y el uso que los paseantes o vecinos que se desplazan entre barrios hacen de sus veredas, son tan protagonistas como esa obra de hace más de ciento cincuenta años.
Contemplar el reflejo del puente sobre el río, por ejemplo, es un estímulo relajante para el paseante. Cierto que el tráfico y el resonar de sus rodaduras sobre el piso de rejilla metálica del puente alteran la contemplación. O bien la acompañan. Hoy por hoy el Puente Colgante es aún paso obligado de una orilla a la otra en ese punto, aunque está previsto peatonalizarlo antes o después. El ayuntamiento sabrá cuándo, pero es un monumento que habrá que mantener siempre con aprecio y cariño.

















Un puente realmente bello, no sé si el que más, pero para mí gusto el que tiene más personalidad.
ResponderEliminarSaludos
Ay, la de veces que he pasado por ese puente, para jugar en los cerros de lo que hoy es Parquesol...
ResponderEliminarUn saludo, amigo