"Soy el paseante. El paseante que se parece a las cuatro estaciones"
Vicente Huidobro, del poema Tout-à-coup.




jueves, 4 de agosto de 2016

Algunas consideraciones sobre el oficio y beneficio de paseante




El paseante no es un mero transeúnte. Tampoco un peatón ocasional. El paseante tiene bastante de fisgón, más o menos discreto, porque le gusta descubrir algo no percibido antes en cada recorrido que repite. Se deleita en asombrarse con el detalle, pero no solo mira. Deja que el paisaje influya en los sentidos. Porque el paisaje urbano es una prolongación del individuo, aunque en ocasiones traicione un poco a éste. El paseante cede con frecuencia a los encantos y se irrita con los defectos del espacio urbano. Al mirar el entorno el paseante no siempre ve lo que hay fuera tal como es pero lo adapta a la necesidad que tiene de dar satisfacción a sus emociones. En el ejercicio del paseo hay un cierto grado de contemplación del propio interior. La tensión y la calma se alternan, y nunca se sabe cuándo el paseante observa, cuándo se deleita y cuándo reflexiona. Un paseante absorto y despistado puede estar digiriendo lo que ha visto, y no solo se está dejando llevar por sus cuitas personas. Que también. 

La ciudad no es solo el lugar. Es también una simbiosis, donde las gentes funcionan por el reflejo, por una idea subconsciente de la seguridad y por los mismos elementos que componen el urbanismo que siempre se desean al servicio del hombre. Individuo y ciudad siempre están en un pulso, que se compone también de atracción y rechazo. El paseante fusiona el objeto de su mirada con el sujeto que sigue evolucionando dentro de sí mismo. De ahí que tantas veces el paseante emita opinión, aprobando o condenando lo que ve. El paseante es dinámico, se hace y se diluye cada día, y cuando cree que lo ha visto todo sospecha que algo ha cambiado bajo sus pies de andarín y retorna a la curiosidad, al disfrute iniciático. 

Valladolid es una ciudad amable, lo digo como paseante, sin que el Ayuntamiento me pague por afirmarlo. El paseante no solo sabe buscar los rincones más atractivos de la ciudad sino que busca interpretar los más áridos. Hay algo de fuego interior en cada individuo por transformar aquello que incluso no depende de él. El paseante pasea, por lo tanto, también, ¿o acaso sobre todo?, para soñar.



(Interior de la parte superior del claustro del Patio Herreriano, donde se encuentra instalado el Museo de Arte Contemporáneo Español)




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