domingo, 22 de marzo de 2026

La trabajada belleza del torreón mudéjar de las Huelgas. O lo que queda del alcázar de la reina María de Molina

 


Austera belleza, pero sumamente elaborada, como todo lo que hacían los mudéjares. Que el ladrillo haya dado tanto juego desde las primeras civilizaciones urbanas es una maravilla. Que se haya seguido manteniendo la tradición de su uso gracias a albañiles delicados e ingeniosos es una suerte. Que el torreón de lo que se supone que fue alcázar de la reina de Castilla María de Molina, procedente del lejano siglo XIII, haya llegado hasta nuestros días es una suerte añadida para la ciudad. Acaso se deba a haber permanecido en terrenos del Monasterio de las Huelgas Reales, que fundó aquella reina inteligente y audaz en tiempos de mil disputas dentro y fuera de la Corona. Los arquitectos y albañiles mudéjares sabían hacer los edificios, tanto con vistas a su duración como en la detallada ornamentación a base del mismo material noble, el ladrillo.

El torreón no está al alcance de la vista del paseante. Uno lo conocía por fotografías antiguas y por haber visto su parte superior asomando desde la calle Estudios y la calle Colón, a la altura de la Iglesia de la Magdalena. Y se encuentra dentro de un patio perteneciente al Monasterio de las Huelgas Reales y el colegio concertado adjunto, donde alza su esbelta arquitectura. Sería de desear que quedara incorporado de alguna manera a las visitas en un recorrido histórico y pudiera ser conocido y admirado. 

Ignoro si hoy los especialistas están totalmente de acuerdo con la función que tuvo en su día este torreón. Por una parte leo que pertenecía al alcázar que la reina María de Molina ordenó edificar junto al monasterio. Por otro lado se ha dicho que pudo ser una de las puertas de acceso de la ampliación del recinto amurallado de la ciudad. He elegido tres explicaciones de conocedores de la Historia del Arte y de la Arquitectura como información provechosa.




Juan José Martín González escribió sobre el torréon en su Catálogo de Monumentos Civiles de la ciudad de Valladolid, de 1976:

"Constituye el resto militar más importante de la ciudad. Y se dice militar, porque aunque perteneciente al palacio de la reina, no es sino una puerta de la muralla que le protegía. Doña María de Molina había tenido predilección por la villa, donde construyó un palacio. Se edificaría en los tiempos de su reinado, siendo esposa de Sancho IV (1284-1295) Muerto su esposo continuó gobernando, de suerte que habría de seguirle ocupando. Al aproximarse el término de su vida, el palacio lo cedió para el establecimiento del convento cisterciense de las Huelgas, por ella fundado y donde fue sepultada".





Ignacio Represa describe así el torreón en la Guía de Arquitectura de Valladolid, 1996: 

"Su arquitectura corresponde a un modelo tipológico ligado a las fortificaciones almorávides y almohades, en las que se produce un cambio de eje, formando un recodo, entre el acceso y la salida del interior de la puerta. A esta situación de funcionalidad defensiva se asocia un pequeño adarve situado inmediatamente encima del acceso más monumental (y en posible conexión con el de la desaparecida muralla) que permite en planta baja albergar dos nichos a modo de garitas de guardia. La parte más monumental está organizada a partir de un gran arco túmido resaltado sobre el muro que alberga el arco de paso y la ventana superior correspondiente al adarve. Conserva escasos restos ornamentales, como las mensulillas pétreas de soporte del alero perdido, o rastros de los enfoscados que ocultarían originalmente las fábricas de ladrillo, con relleno de tapiales".





Un texto más reciente que los anteriores, el de Consuelo Escribano en su blog Ermitiella, de 2019,  recoge análogos planteamientos y los actualiza: 

"Esta torre puerta, de planta rectangular de aproximadamente 9,40 m por 7,45 m. suponía la entrada desde el interior de la villa al Palacio Real medieval del siglo XIII mediante un acceso acodado, una estructura bien reconocida y habitual en las construcciones defensivas y que se hereda de la arquitectura fortificada almorávide, si bien su generalización se produjo en época almohade. 

El interior del acceso posee a cada lado dos espacios interpretados como garitas de vigilancia. La construcción se levantó sobre un zócalo de piedra caliza con alzados de tapial hacia el interior del palacio - eso sí, con esquinas reforzadas en material latericio-, mientras que la fachada principal, la que daba a la ciudad, lo hacía en ladrillo. Un revestimiento de mortero de cal se extendía al exterior e interior, donde aún puede observarse en el intradós del gran arco túmido - de herradura apuntado- ciego que configura el ornato constructivo de la puerta. 

Un arco similar mas pequeño e inscrito en aquel alberga una puerta mas reducida, también con arco túmido y una ventana sobre ella rematada con arco de herradura, que actuaría como elemento de guardia, antecedente de las posteriores ladroneras. Represa le hace coincidir con un adarve, que no es sino un paso de ronda, pero no nos ha sido posible acceder a esa zona y trabajamos sobre hipótesis sin contrastar. 

En cualquier caso, todos los arcos se encuentran enmarcados por un alfiz. La torre puerta se inscribe, además, en una fachada delimitada por dos pilastras que rematan en altura con enormes canecillos pétreos que sustentaban una viga sobre la que volaba el alero. Almenas y merlones rematarían el parapeto superior del conjunto. La puerta tiene exentas sus cuatro caras manifestando enjarjes de muros en los paramentos norte y sur".







Esta litografía de Francisco Xavier Parcerisa, así como la fotografía antigua adjunta, transmite una imagen que debió ser contemplada por muchos vallisoletanos y viajeros durante siglos, el torreón cegado y abandonado, del que se hace eco José María Quadrado en su monumental obra Recuerdos y bellezas de España, de 1861, tomo dedicado a Valladolid: 

"...Formando una escreciecia ácia la Magdalena, la separaba del monasterio de las Huelgas situado allende los muros, y hoy todavía contiguo á dicha parroquia aparece tapiado un viejo arco de ladrillo de forma de herradura, que pudo ser puerta..."






miércoles, 18 de marzo de 2026

La estudiante en su rincón

 



La estudiante en su rincón, se me ocurre al descubrir este espléndido mural. Su considerable tamaño y los elementos que lo componen dignifican la medianería. Joven entregada a la lectura y libros que vuelan o navegan nos llevan a interpretaciones sencillas o extensas. Ella ahí, no en un simple rincón. Es un espacio recoleto que se ha montado de conocimientos, de placer intelectual, de sueños y, por qué no, incluso uno más pragmático: de prepararse para ganarse la vida.

El autor de la obra -el vallisoletano Javier Román García, RAGE- la titula en plan inglés como Two likes, one comment, un calificativo a lo moderno, y probablemente pretende una alegoría u homenaje a la estudiante o al valor del libro frente a las nuevas tecnologías, que algunos utilizan de manera reduccionista, o a la práctica de la lectura. De cualquier modo es esa lectora en su rincón la que cataliza su uso y embarca sus neuronas en el sano ejercicio que no solo la van a permitir saber, en las acepciones amplias del término, sino generar salud. 

Ignoro si un mural tan cargado de connotaciones como este es observado con cierta atención por el caminante habitual. No sé cuántos viandantes se detendrán ante él, lo contemplarán con reconocimiento al trabajo realizado y reflexionarán sobre los significados que propone. No sé si verán la estética que complementa la dureza que siempre supone un muro opaco o la sosería de una pared con ventanales meramente prácticos. Es probable que en estos tiempos tan cargados de imágenes visuales y de mensajes en abundancia, gran parte de ellos vacuos, incluso la estudiante pase inadvertida, y tantos paisanos no distingan el mural de un anuncio publicitario comercial. Como no encarna a un personaje histórico, ni habla del relato bélico alguno, ni promociona un culto a la moda, muchos no valorarán el sentido y la belleza de la obra. Pero ahí está, como un acierto, reivindicando al sujeto y al objeto de algo que conviene llevar a cabo y que solo se puede hacer desde un rincón particular, personal.  

La obra, de 2017, se encuentra en un espacio del Palacio de Congresos Pedro Ansúrez y la Casa del Estudiante, y se puede ver desde la calle Real de Burgos, junto a la parte de atrás del Clínico. Lástima que los coches aparcados en el recinto interior impidan tomar las fotografías en toda la dimensión de la obra.












domingo, 15 de marzo de 2026

De vieja Hacienda a Consejería de Familia, un edificio camino del centenario con una digna recuperación

 



Otro edificio que merece ser mencionado por su resiliencia, que se diría ahora. Cuando el edificio que conocimos durante tantos años albergando la Delegación de Hacienda cerró para trasladarse a un mega edificio de nueva planta en la Huerta del Rey muchos temimos que llevara mal su orfandad. O incluso corriera riesgos del pasado. Parece que no son aquellos tiempos en que se menospreciaba la antigua arquitectura y primaba la especulación en pleno centro urbano. Por otra parte su situación privilegiada en la Plaza de Madrid, junto a la Plaza de España, y que este enorme caserón ecléctico de 1931, obra de Manuel Cuadrillero, tiene su caché camino de un siglo permitió su recuperación y adaptación a nuevos cometidos administrativos. Y en efecto, ya está en marcha la llegada de la Consejería de Familia e Igualdad de oportunidades, cuya tropa de funcionarios dará de nuevo vida a una plaza más de cruce de calles que de descanso y acogimiento. 

Y es que esta plaza peculiar fue más bella antes de que derribaran un edificio llamado la Casa del Barco que el arquitecto Antonio Ortiz de Urbina diseñó a principios del siglo XX, tomando como ejemplo edificios análogos que hubo en capitales europeas o americanas. Adjunto una foto antigua para que el lector compare con la mole más elevada y menos estética que se erige ahora entre las calles Muro y Gamazo, a la vera de la vieja Hacienda. Por mi parte, nunca he entendido cómo un edificio de las características de la Casa del Barco -apodo que le pondrían los vallisoletanos por su forma de proa, supongo- pudo ser derribado impunemente en 1969. Falta de reconocimiento a la herencia artística y urbana, por una parte, y probablemente la carencia de un plan de urbanismo actualizado y que las leyes en aquel año aún estarían para ser manejadas por los desaprensivos de turno, el caso es que su desaparición ha redundado en la pérdida de identidad tradicional del lugar.  

Pero en fin, veamos ahora el lado positivo. La permanencia de la vieja Hacienda rejuvenece con su nuevo uso. Habrá que ver en su momento cómo ha quedado el patio interior. 
 




En el espacio de la Casa del Barco de esta imagen en blanco y negro se yergue ahora el edificio de galerías acristaladas de la foto anterior a la derecha. Nada que ver con la majestuosidad y la altura estéticamente medida, con el añadido de la gracia de aquella cúpula que lo remataba.  Afortunadamente yo llegué a conocerlo, y aunque en aquel tiempo uno no entendía apenas nada de urbanismo ni de arquitectura ni de valorar su ciudad lamenté su desaparición.








viernes, 6 de marzo de 2026

Las piruetas de Hermes para las cuatro estaciones del año, en el Pasaje Gutiérrez

 



Más que mensajero de los dioses, aquí Hermes -nombrado Mercurio por los romanos- parece el hacedor de la luz. Pero es que en la mitología a Hermes se le reconocían muchas propiedades. Él mismo era un dios y además mensajero de otros dioses. Pero también fue considerado protector de los pastores y de los viajeros. Por si fuera poco se habla de él como inventor de instrumentos musicales, tales la flauta y la lira y, por lo tanto, creador de la música. Aún se le reseña con más atribuciones, entre ellas descubridor de la ciencia de la astronomía, del alfabeto, de la gimnasia, de la elocuencia. Y cómo no, era admitido generalmente como dios de los comerciantes. En este último aspecto encajaría la razón de que su figura presida la rotonda central donde convergen los dos pasillos que forman el espléndido y recóndito Pasaje Gutiérrez, entre las calles Castelar y Fray Luis de León. 

"Sus atributos de inventor, amigo de las artes y el saber, diestro en la ciencia musical y en la oratoria, le valieron, con el transcurso de los siglos, ser concebido como un emblema de la cultura, portador del conocimiento humano", reseña Ramón Andrés sobre Hermes en su Diccionario de música, mitología, magia y religión.

La esbelta y desnuda figura del Hermes de nuestro Pasaje se exhibe plena, pletórica más bien, de sus atributos. Aunque en este caso ha perdido el caduceo mitológico, por mor de los movimientos que se hicieron en el pasado con la estatua. Ya saben, aquella vara alada que lleva dos serpientes enroscadas y que tradicionalmente ha representado al comercio. Pero ahí en medio se encuentra: dinámico, impulsado por el viento (Eolo) que le insufla su propia potencia en un pie, alado de pies y de testa, portando una antorcha adaptada a los tiempos modernos como el globo de una lámpara. En un ejercicio que parece imparable, más de bailarín que de correveidile (que me perdone el epíteto), esta representación no oculta el origen de su fabricante, el taller de fundición galo Val d'Osne.  




Nada mejor que recurrir al texto que Clemente de Pablos Miguel, autor del bien documentado y mejor estructurado libro Pasaje Gutiérrez, con fenomenales fotografías de Luis G. Reglero, para informarnos sobre el Hermes, que el autor lo traduce al uso romano como Mercurio:

"El Mercurio imita bronce pero es en realidad una escultura industrial en hierro, copia de la obra manierista de Juan de Bolonia. En la pieza se aprecia la típica composición helicoidal de las esculturas manieristas, la serpentinata, que nos da la sensación que la obra se eleva bajo la cúpula de cristal. Además, frente a la búsqueda del renacimiento clásico de un plano de contemplación, la elección de este estilo de transición permite que pueda ser contemplada desde cualquier ángulo. El dios es elevado del suelo por el viento, simbolizado por un mascarón que sopla bajo uno de sus pies (se trata del dios Eolo) Todo el conjunto se sitúa sobre un pedestal cilíndrico, también de hierro imitando bronce. La divinidad está alzando su mano derecha como en la obra original, donde -en este caso- se ha colocado una antorcha  y un globo para que sirva de luminaria, lo que nos habla de la creación de esta obra con fines comerciales. Sabemos que portaba en su mano izquierda el caduceo, bastón del dios que simboliza la concordia a través de la negociación comercial, sin embargo el atributo ha desaparecido tras la restauración del Pasaje en los años noventa del siglo XX".

Pero Hermes sería un mensajero bastante solitario si no estuviera acompañado de las alegorías de las cuatro estaciones del año. El Pasaje Gutiérrez -que se muestra también al estilo de como cantó el poeta Huidobro: soy el paseante, el paseante que se parece a las cuatro estaciones-  también quería ser cuando se inauguró un Pasaje para todo el año. Buena intención comercial que no prosperó con esta fórmula de pasaje, por otra parte de gran éxito en las grandes ciudades europeas, e incluso durante mucho tiempo permaneció prácticamente obsoleto de sus motivaciones primitivas y caído en el abandono. Algunos recordamos haber ido a jugar de jóvenes a los futbolines y billares que había en un extremo del pasaje, donde no existía ningún local más abierto. Pues bien, rodeando al mensajero y sus piruetas, hay cuatro figuras de terracota, de matriz francesa, representando las Estaciones. Elevadas sobre unas peanas establecen un conjunto de escultura armónica, cargada de simbolismo, y no he podido sustraerme a poner un comentario de pie de foto en cada una de ellas.. 

Y hay más obra en el Pasaje Gutiérrez, como los niños del reloj o las pinturas de los techos o una parte del techo acristalado o las sólidas puertas que abren y cierran el recinto. Pero mejor dejarlo todo ello para otra ocasión. Hoy el protagonista de mi mirada eran las Cuatro Estaciones y Hermes, dios casi para todo. 





El Pasaje Gutiérrez, que muchos lo ignoran pero otros lo atravesamos con frecuencia en nuestros paseos, también ha sido nombrado en la literatura. Y es que cruzar por el pasaje no es un mero tránsito. Apetece detenerse siquiera un instante y contemplar. O simplemente sentir que habitamos en otro tiempo y espacio. La escritora Rosa Chacel  (Valladolid, 1898 - Madrid, 1994) lo menciona, en base a sus propios recuerdos, en su preciosa novela Memorias de Leticia Valle

"Me gustaba sobre todo tener que ir a la farmacia, porque mi abuela tenía viejas recetas que acostumbraba a tomar, y con todas sus exigencias y requisitos solo querían servírselas en la farmacia militar. Allí íbamos mi tía y yo, y teníamos que esperar incalculablemente hasta que se podía coger solo al boticario y explicarle que la vez anterior había estado demasiado, o demasiado poco, cargado de cualquier cosa. Entre tanto, yo me paseaba por el pasaje donde estaba la farmacia.

Es maravilloso ese tiempo que se pasa esperando; parece que uno no está en sí mismo, que está haciendo algo para otro, y sin embargo se está tan libre.

Aquel pasaje, a la entrada de la calle del Obispo, se torcía en el medio para salir a la de la Sierpe, y en el ángulo que formaba había una rotonda con montera de cristales, que tenía cuatro estatuas representando las estaciones, y en medio una de Mercurio. ¡Qué luz caía sobre aquella pequeña plaza encerrada! A cualquier hora, en cualquier época del año, había allí una luz que le hacía a uno comprender. Yo, desde allí, comprendía, no sé por qué la historia. La historia que no me gustaba estudiar en los libros desde allí me parecía algo divino. Dando vueltas entre aquellas estatuas, bajo aquella luz, yo pensaba según fuese el día. Cuando era en verano, poco antes de las doce, el sol era terrible, era irritante, trágico. Yo pensaba entonces en los gladiadores que morían en el circo de Roma. Veía sobre todo aquellos que caían al pisar la red, veía los cuerpos arrastrados por la arena, y también algo leído no sé dónde: dos que morían a un tiempo, atravesándose mutuamente con sus espadas. Bajo aquel sol, bajo aquella luz desgarradora, veía siempre aquella escena; dos hombres desnudos que se mataban uno al otro al mismo tiempo"





Es la sonrisa que se insinúa de la bonanza esperada y anhelada por los humanos, más que las flores con se adorna el cabello o el cesto que lleva en su regazo, lo que parece definir a Primavera. Suma a su propia actitud del renacer el revuelo del vestido, con el que parece abrirse al nuevo clima. 





Más firme y serena, consolidada en su calidez y exhibiendo segura con una mano su haz de cereal ya recogido, símbolo de las cosechas que alimentarán a los hombres, aunque privada de la hoz en la otra mano, se nos muestra aquí la alegoría del Verano.






Otoño parece mostrar ya otro rostro, más ausente, de una lenta fuga. Portadora de los frutos de la vid, tanto en su cabeza como en el cesto, sujeta con otra mano una copa en un gesto que sin duda pretenderá ofrecer a los que le acompañen en su estación.





Más embutida en su propia vestimenta, Invierno se deja reconocer por la planta de acebo con que se adorna y con ese jarrón a sus pies donde las brasas permanecerán encendidas para capear sus meses gélidos.













domingo, 1 de marzo de 2026

Aprovechando que el Pisuerga pasa...por debajo del Puente Colgante





Empieza a sonar la hora de la floración. Balbuceos de una primavera que se intuye. Las riberas del río Pisuerga parecen estimularse aunque el verdor todavía tardará lo suyo. Ir a pasear hasta el Puente Colgante, el otro puente histórico de Valladolid, un sábado de fútbol -los fieles irredentos que no se dan por vencidos iban camino del Estadio Zorrilla- es un aliciente. El sol bondadoso del día irá perdiendo fuerza y el aire afilado, típico de nuestra ciudad, seguirá acompañándonos. 

Todos los puentes son hijos de su tiempo histórico, solo que la ciudad desde 1080 en que se levantó el Puente Mayor, bajo el patrocinio del conde Ansúrez y doña Eylo, no había tenido otro hasta avanzada la segunda mitad del siglo XIX. Si había que pasar de una orilla a la otra se hacía en barca, como ha sido usual en tantos ríos del mundo. Pero la historia es cambio, avance -también retroceso- y sobre todo necesidad de adaptar la ciudad a períodos de progreso. Y en ese siglo de revitalización urbana, industrial y social, se hizo preciso construir un nuevo puente a la altura del antiguo Monasterio del Prado, que en nuestra infancia conocimos como manicomio, uniendo la vieja carretera de Salamanca de parte más céntrica con la otra orilla, donde ahora sí va la nueva carretera a la provincia vecina. 

Fernando Rosell Campos, en su interesantísimo estudio Historia del saneamiento de Valladolid, editado por el Ayuntaniento, hablando de los avances de Valladolid a mediados del siglo XIX  -el ferrocarril, el auge de la industria harinera y la producción de lana, las comunicaciones con los puertos del Norte, etc.- dice que "Las clases acomodadas, ahora más abundantes buscan calidad de vida mirando los adelantos de las grandes ciudades españolas y extranjeras, no solo en viajes (ya más fáciles) sino también prensa, revistas y demás publicaciones. Los menos afortunados miran hacia los escalones sociales que les superan económicamente y copian en lo posible las novedades".

   



De la piedra al hierro, pues, podría resumirse una parte de la historia de las construcciones para el transporte y la movilidad del pasado. Porque luego llegó el hormigón, por ejemplo, y otros materiales, con los que ya nuevos puentes que atraviesan la ciudad permiten el tránsito cómodo. 

El crecimiento industrial y de nuevos barrios de Valladolid en el siglo XIX exigieron por lo tanto el llamado Puente Colgante. Que de colgante no tiene nada, pero que hereda el nombre porque en 1851 se planteó así. Pero como tal planteamiento constructivo no estuvo nunca claro y seguramente la vertiente económica acabó por desestimar el proyecto, según comenta Juan Carlos Arnuncio en su Guía de Arquitectura de Valladolid, se suspendieron las obras. Solo unos años después, en 1861 se retoma renunciando a la idea original. Fue el ingeniero Lucio del Valle quien propuso "una estructura metálica don dos cerchas curvas de gran canto disponiéndose el tablero por los cordones interiores", en cita de Arnuncio. En 1864 ya estaba terminado, con una longitud de 69 metros de orilla a orilla y un ancho de 7 metros. Siendo de hierro hay que precisar que el conjunto mayor es de hierro forjado, pero las bases de entrada y salida son de hierro fundido, algo que a primera vista ni se me ocurriría distinguir. ¿Los artífices? Los ingleses (respuesta simple) La empresa John Henderson Porter, de Birmingham.




Fernando Rosell Campos, en el libro antes citado nos aporta algunos matices, aunque abundemos en la información: "La ciudad (medidado el XIX) resurge, cambia de aspecto. Frente al centenar de faroles de aceite de principios de siglo, hay farolas de gas desde 1854 y con la fábrica de gas reniovada en 1859 se llega a servir a más de mil puntos de luz de la vía pública y a los abonados privados. El puente del Prado o puente de hierro, mal llamado puente colgante porque se previó como tal en 1853, con proyecto del ingeniero de Caminos Andrés Mendizábal e incluso se empezó a construir, pero luego se reproyectó en 1854 por el mismo ingeniero como sostenido por dos cerchas de fundición de hierro en arco, quizás para evitar la sensación poco grata de movimiento de la estructura al cruzar por una obra excesivamente flexible; finalmente se encarga en Birmingham (1860) otra variante más novedosa (sistema 'cuerda de arco parabólico', que los ingleses llaman bowstring) y se monta en 1864 con proyecto de Lucio del Valle". Parece haber mucha técnica en el texto, que la mayoría entenderemos poco o mal, pero en esa descripción está la clave que nos permite valorar lo que tenemos.




Pero no se trata de que tanto hablar del puente reduzca y opaque el resto. La ribera y su ecosistema, el flujo de agua cuyo caudal ha bajado considerablemente, a niveles normales, tras el volumen que ha traído en semanas pasadas, la atención y el uso que los paseantes o vecinos que se desplazan entre barrios hacen de sus veredas, son tan protagonistas como esa obra de hace más de ciento cincuenta años. 

Contemplar el reflejo del puente sobre el río, por ejemplo, es un estímulo relajante para el paseante. Cierto que el tráfico y el resonar de sus rodaduras sobre el piso de rejilla metálica del puente alteran la contemplación. O bien la acompañan. Hoy por hoy el Puente Colgante es aún paso obligado de una orilla a la otra en ese punto, aunque está previsto peatonalizarlo antes o después. El ayuntamiento sabrá cuándo, pero es un monumento que habrá que mantener siempre con aprecio y cariño.