martes, 2 de junio de 2026

La primavera madura del jardín de los nenúfares del Colegio de Santa Cruz

 





No es la primera vez que traigo al blog el jardín de Santa Cruz. En otra ocasión lo hice en invierno. Nada que ver con la exuberancia que muestra estos días. Se trata de un jardín recóndito y a la vez abierto. Escasa por no decir nulamente frecuentado, aunque hay una vista limitada desde la calle Cardenal Mendoza. La primavera ya avanzada, y a tenor del clima actual podría decirse que veraniega, ha proporcionado un florecimiento del arbolado y de las plantas sumamente fecundo y luminoso. El jardín comunica el edificio renacentista del Colegio de Santa Cruz con lo que fue Hospedería de antiguos colegiales y después Colegio Mayor universitario.

El conjunto de árboles congrega ciprés, olmo, plátano, cedro. Está catalogado como arboleda singular en el Catálogo de árboles y arboledas de la Revisión del Plan General de Ordenación Urbana de Valladolid. El estanque con nenúfares y peces realza este pequeño parque y fija la atención del visitante. No es frecuente encontrar nenúfares por estos pagos. El trazado rectangular del jardín se orienta en las direcciones de ambos edificios. Por el ala que da a la calle se extiende una magnífica zona umbrosa con bancos al final de la cual hay un busto de Claudio Moyano, que fue diputado en el Congreso a mediados del siglo XIX y pasó a la Historia como autor de una Ley de Instrucción Pública, la denominada Ley Moyano. También fue alcalde Valladolid por un período corto y tiene una calle con su nombre en pleno centro urbano.

Hay otro lateral, con menor densidad de arbolado donde figura la trasplantada fachada barroca del Colegio de San Ambrosio, una institución jesuítica cuyo edificio, que pasó por diferentes usos y avatares, desapareció. Una fachada tardía, pues se terminó en su emplazamiento original a finales del siglo XVIII, y recuerda mucho a la fachada del Monasterio del Prado, hoy consejería de Educación y Cultura, frente al Puente Colgante. En este espacio al menos sobrevive desde 1940 y da realce al jardín. Por cierto, la adaptación a jardín debe provenir de tiempos muy modernos. Hay fotos antiguas en que los edificios del Colegio de Santa Cruz y de la Hospedería estaban separados y el lugar era accesible como espacio público. Y en el plano de Bentura Seco de 1738 ni siquiera parece haber rastro de huerta. 




Bienvenidos sean todos los jardines. Los de calles y plazas, accesibles para el vecindario. Los pertenecientes a entidades públicas o privadas. Los transitados con frecuencia y los menos utilizados en la parada del deambular cotidiano. Los que tienen un empaque soberbio y bien trazado y aquellos otros más humildes que pugnan por mantener un arbolado o una floresta no menos necesarios. Los que imponen una armonía más próxima a la naturaleza entre los edificios y los asfaltados. El antropólogo Santiago Beruete nos dice algo sobre los jardines a través de su libro Jardinosofía. Una historia filosófica de los jardines

"¿Por qué los seres humanos han sentido a lo largo de la historia la necesidad de construir jardines? Hay muchas posibles repuestas a esta pregunta, pero la más sencilla es que creamos jardines porque nos proporcionan bienestar. El hecho de que los seres humanos se empeñen en convertir un trozo de tierra en un edén evidencia su necesidad de paz, serenidad y equilibrio, sometidos como están a la permanente contradicción entre su destino mortal y su vocación de permanencia, entre su deseo de orden y su temor al caos, entre el poder de su razón y el desorden de sus instintos. Ese es su propósito, su razón de ser: aunar arte y naturaleza creando belleza, lo cual es promesa de felicidad. Del mismo modo que la eudaimonía (bienestar) era, para Aristóteles, los estoicos y otras escuelas filosóficas, indisociable de la práctica de la areté (virtud), el ejercicio de la jardinería requiere paciencia, perseverancia, humildad, esperanza y un amplio repertorio de virtudes específicas. Un jardín exige constancia por más que esté siempre cambiando".




























(Zona del Colegio de Santa Cruz en el Plano de Bentura Seco, 1738)





miércoles, 27 de mayo de 2026

La cabeza y los sentidos en el Museo de la Universidad



¿Estoy viendo una exposición de anatomía o una exposición de arte? ¿Unas máscaras o un ejercicio de autopsia? ¿Un atlas corporal o una recreación de un autor realista? ¿O todo vinculado armónicamente en la misma mirada? Porque las piezas expuestas durante este mes de mayo en el Museo de la Universidad de Valladolid, edificio Tejerina, no tienen pérdida. De tan realistas que son nos parecen abstractas, simplemente porque no estamos acostumbrados a ver lo que lleva nuestro cuerpo más allá de la apariencia exterior. Todo lo expuesto procede de la Colección de Ciencias Biomédicas de la Facultad de Medicina, también de la UVA, y lo constituyen piezas e instrumentación utilizadas para la pedagogía y los tratamientos de otras épocas en la Medicina. 

Que la muestra, que va a constar de tres partes entre mayo y septiembre, y esta es la primera, se titule Cabeza. Sentidos y sentimientos pretende, como dicen los organizadores, explorar la cabeza en un significado amplio en un viaje desde los sentidos hasta los sentimientos a través de piezas del Museo Anatómico y obras creadas por los propios pacientes. Y en esta primera parte son los sentidos los que se quiere destacar a través de obras de un extraordinario detalle y calidad. Obras de ficción que se aproximan a lo auténtico, o que reflejan lo auténtico. Dibujos y modelos que traspasan la superficie de la cabeza, buceando allá donde se encuentran los órganos de la vista, del gusto, del olfato, del oído...Y junto a ellos algunos instrumentos antiguos que en su día fueron probablemente lo último en investigación, enseñanza y tratamiento.

Leo este texto de Alfonso C. Cobo Espejo sobre los sentidos en Archiletras:

"A través de la vista, vemos la luz, el color, la posición, el tamaño, la forma de las cosas, los gestos de las personas. Gracias al oído percibimos los sonidos: el ruido, la música, las voces. El olfato nos permite distinguir y percibir los olores. El gusto se complementa con el olfato para diferenciar sabores y nos ayuda a determinar la consistencia de las cosas en nuestra boca. Y el tacto nos permite percibir las cualidades de los objetos y medios como la presión, la temperatura, la textura y la dureza. Nuestra vida gira alrededor de los cinco sentidos y la describimos a través de ellos".
 



Este pequeño museo ubicado en el Edificio Tejerina, en la Plaza de Santa Cruz, es más grande de lo que parece en cuanto a contenidos. Por una parte se encuentra una exposición permanente de obras, la denominada Colección Historia y Arte, mayormente de pintura u otros objetos propiedad de la Universidad. Por otro lado, dispone de dos espacios más, la Sala Martín González, en honor del que fue catedrático de Historia del Arte por décadas, donde se expone Sentidos. También en la Sala Rector Tejerina, que es el patio cerrado que guarda restos del palacio conocido como Casa de las Conchas o de las Veneras, del siglo XVI, y hoy integrado al edificio universitario, se expone temporalmente. 

Me gustaría que un museo como este fuera más visitado. No sé si es un hándicap que no tenga una visibilización externa más clara o si le falta ser más potenciado mediáticamente o simplemente se trate de que los contenidos no interesan al nivel medio de la ciudadanía, pero es una lástima porque merece la pena. De ahí la importancia de traer a él muestras temporales que estimulen y propicien también la visita a los fondos artísticos. Este paseante, que es lego en materia anatómica, ha disfrutado con la exposición. Reconozco que acaso he admirado las obras más como arte que como cuerpo diseccionado. Pero al fin y al cabo ¿no es el cuerpo, por mor de su lenta, larga y adecuada evolución, una verdadera obra artística que ejercita con técnica impecable y coordinada su complejo y hábil funcionamiento?