





Hoy este paseante solo pasea por las informaciones que le llegan. Pasea y reflexiona, porque hay ocasiones desafortunadas en que contemplar solo puede hacerse en fotografías del pasado. Y es que tragedias culturales y artísticas como el derrumbe del ábside mudéjar de la iglesia de Muriel de Zapardiel no deberían ocurrir a estas alturas. Pues tragedia es la pérdida de una herencia artística e histórica, y gracias además que no se ha dado la desgracia añadida del daño en vidas humanas.
Ya ha habido una excesiva desaparición de bienes de carácter civil y religioso a lo largo de la historia en nuestra región. Ciertamente, la riqueza artística e histórica ha sido vasta y se ha acumulado tanto en calidad como en cantidad. Las diferentes culturas que se dieron en nuestro suelo lo propiciaron. Pero bien por abandono de los propietarios de templos o palacios, por dejadez, por dejación de las autoridades, o a causa de desamortizaciones, guerras o enajenación de bienes en sus variadas formas, tanta riqueza mermó, legó ruinas o simplemente desapareció. Pero que en un siglo XXI que va avanzando vertiginosamente y con tantos medios al alcance tengan lugar derrumbamientos tan importantes como todo un ábside mudéjar es inconcebible. Parece ser que, según la prensa, ya se venía avisando de deficiencias y problemas, no advertidos o no reconocidos por el arzobispado. El caso es que el monumento mudéjar que ha sido seña de identidad de Muriel está tocado, tal vez para siempre, y los vecinos desconsolados.
Sobre el templo dañado leo en la web de Amigos del Románico:
"Los especialistas que han estudiado a fondo el edificio consideran que el ábside caído y el del lado del evangelio eran los dos únicos elementos medievales originales que pervivían en la iglesia tras las reformas acometidas a lo largo de los siglos XVI y XVIII. Una obra ejecutada en la primera mitad del siglo XIII, probablemente concluida en torno al año 1258, tal y como se deduce de una inscripción conservada en la zona central de la nave. Arquitectónicamente presentaba la característica morfología mudéjar que se puede ver en otras iglesias de poblaciones cercanas como Olmedo, Arévalo o Madrigal de las Altas Torres.
Pero tanta catalogación y reconocimiento no ha mantenido en pie la parte más antigua e interesante del templo. Me ha parecido interesante reproducir aquí el comunicado que la Asociación por el Patrimonio de la provincia de Valladolid ha publicado en su blog, como una forma de dar visibilidad a preocupaciones y propuestas de cierta ciudadanía interesada en la preservación monumental.
Las fotografías, por esta vez, no son del paseante. Están tomadas de las web de Amigos del Románico, de La Voz Digital de Medina y de El País, en ese orden.
Andaba de tránsito por el centro cuando, tal vez debido a las fechas, encuentro abierto el templo que hay en la plaza de Santa Ana. A la entrada, un puesto de venta de pastas y otras gollerías dulces que fabrican artesanalmente las monjas, y al fondo, un belén tradicional. Pero el reclamo era para mí la oportunidad de contemplar las únicas obras de Francisco de Goya que existen en Valladolid, acaso en toda la región.
Más acostumbrado a ver la abundante obra posterior, tan diversa como deslumbrante y rompedora, del gran pintor no dejaba de preguntarme. ¿Qué todo esto es Goya? Sí, todo esto es Goya. Goya de 1787. Los pintores completos, los genios, aquellos que han recorrido ampliamente el mundo de la vida y del arte que tantas veces coinciden, se permiten diferentes versiones y visiones (nó sé qué es primero) en función también de su subsistencia personal, de su pensamiento temporal, del acontecer de los avatares históricos, de su manera de percibir y concebir los temas que les son solicitados. Unas veces por encargos y otras por capricho personal esa clase de artistas puede pintar mitos ancestrales y vidas religiosas de santos, paisajes y escenas de la vida cotidiana, retratos de personajes y situaciones históricas, conflictos interiores y momentos críticos de la propia existencia. Tal fue el caso de Francisco de Goya, del cual apenas hay estos tres cuadros en Valladolid. De bastante envergadura y de temática religiosa nos resultan extraños por cuanto sabemos la categoría y calidad de una obra anterior y posterior con connotaciones muy diferentes. Pero son tres lienzos que han permanecido en nuestra ciudad, decorando otros tantos altares de la iglesia del convento de San Joaquín y Santa Ana, ubicado en la plaza del mismo nombre.
Este templo, de estilo neoclásico, que fue ejecutado según planos de Francesco Sabatini, dispone a un lado las obras de Goya mientras que frente a ellas hay otros altares con obra de Ramón Bayeu que, en el caso de esta entrada, no he recogido. El monasterio existía desde la Alta Edad Media pero hacia 1777 debía estar en pésimas condiciones por lo que se reconstruyó en parte con financiación de algún miembro de la nobleza y en parte con apoyo real. El arquitecto e ingeniero Sabatini era precisamente el arquitecto de corte de Carlos III y, aunque prácticamente toda su obra se realizó en Madrid, Santa Ana fue una excepción exterior.
Uno está poco versado en la hagiografía cristiana, compuesta por legión de personajes de cuya vida y costumbres vaya usted a saber cuánto fue real y cuánto parecido, aunque haya todo un relato abundante de cada santo. En el caso de los cuadros de Goya cito lo que representan cada uno, en orden de colocación en la entrada. Por un lado, el reformador cisterciense San Bernardo, en alguna de sus curaciones. Por otro, la escena denominada El tránsito de San José. Y por último, una escena mística de Santa Lutgarda, abducida por alguna de sus visiones. Por supuesto, cito pero dejo a cada cual que busque, si desea, el sentido de cada momento y personaje en un santoral que sea de su devoción.
De la página de la Fundación Goya en Aragón extraigo textualmente lo que dice sobre estos cuadros vallisoletanos:
"La polémica ha rodeado a este conjunto de obras como lo hizo con el Cristo crucificado de la Academia de San Fernando, ahora en el Museo del Prado. Muchos críticos del artista denunciaban la falta de religiosidad, la vulgaridad e insulsez de unas obras religiosas que no eran sentidas, sino simplemente ejecutadas como un artesano y no como un artista. Camón Aznar sí supo comprender el talento de Goya en estas obras, destacando la entonación cromática, el claroscuro, la grandiosidad de las figuras que, dice, son del natural, y la idea de religiosidad que tenía Goya en esos momentos, vinculada a las blandas concepciones del círculo de Mengs y de los italianos. Sánchez Cantón asegura que este conjunto de obras marcan la madurez de Goya como pintor religioso".
Contemplando algunos rostros de estos cuadros al detalle a uno le parece que van teniendo una impronta que se dará posteriormente en otros personajes recreados por él. No hay un afán de perfeccionismo retratista, digamos, en ello, y se intuye una expresividad que podremos encontrar en otras obras del genio. ¿Que impresionan menos estos lienzos porque no sea el tipo de obras goyescas con las que normalmente nos identificamos y nos hacen emocionarnos? Puede ser. Pero están ahí, al alcance del viajero de paso y del indígena cotidiano que seguramente las desconoce.
