jueves, 2 de abril de 2026

De grotescos sayones, durmientes soldados y sufrientes víctimas de los pasos barrocos de Semana Santa

 



Aprovechando que la tradición cristiana de estas fechas saca a las calles de Valladolid los pasos, esas escenas representando la llamada Pasión de Jesucristo, que proceden del siglo XVII y XVIII mayormente, me ha apetecido fotografiar algunas esculturas de los malos que además son feos que aparecen en estos pasos. Por supuesto, en los pasos también se muestra la víctima u otros personajes solidarios con esta, en las antípodas de la caracterización de aquellos, incluso mostrando la supuesta belleza de la agonía. Y es que para mayor patetismo de las representaciones barrocas, que pretendían ilustrar doctrinalmente a la población, los imagineros locales -los Juan de Juni, Gregorio Fernández, Francisco de Rincón, Andrés Solanes, Pedro de Ávila, Alonso de Rozas, y tantos otros- convirtieron a los personajes de las obras en caracterizaciones acordes con el rol que tenían adjudicado según la versión de los Evangelios. Los creyentes ya se encargaron a través de los siglos de remarcar la maldad de los ejecutores así como sublimar la bondad del reo crucificado. 

Esta selección de fotografías es eso, una selección parcial, a voleo, donde incluyo además alguna foto de hace tiempo y de varios pasos, unos fotografiados en el Museo de Escultura y otros en San Andrés. Sé que me dejo muchos otros personajes por el camino y que son también fantásticos, a fuer de proyectar sus rasgos grotescos y exagerados para transmitir la maldad y el odio. Pero basta el ejemplo de unas cuantas figuras para que observemos algunos detalles. Todas visten acorde a las modas y usos del siglo en que los escultores las realizaron, añadiendo probablemente detalles que les hicieran imaginar tiempos bíblicos. Contrastan los rostros de los verdugos -sayones es el término que se les ha adjudicado siempre- con los de los personajes sufrientes -Cristo, María, Juan, María Magdalena, etc.- o incluso con la nobleza de un Cirineo o el buen ladrón. No me cabe duda que los modelos utilizados por los escultores serían sobre personajes del entorno. Sus facciones y contexturas corporales no son de otro mundo, y la representación de la edad de los mismos no estaría nada alejada de la gente de la vecindad.

Los pasos eran, y probablemente aún lo son para muchos, relato. La narración de la Pasión. En los siglos del Barroco español eran el relato visual único junto a lo expuesto en los altares de las iglesias. Es decir, soporte doctrinal para una sociedad que imagino mayormente analfabeta y, por lo tanto, con acceso vedado a la lectura de libros.

Naturalmente las imágenes intentaban llegar al mundo emocional y pasional del individuo, y sin duda lo conseguían, de ahí que en su contemplación cada cual leyera las secuencias del relato y se sintiera afectado por los episodios que se van narrando en cada paso. No me alargo más. Dejo constancia de las imágenes para ser contempladas, porque en su caricaturización y extravagancia todo es fieramente humano, que diría el poeta.





























sábado, 28 de marzo de 2026

El patio del siglo XVI de la casa de los Galdo en el barrio histórico de San Martín

 




Admito que me siento atraído especialmente por los patios de las antiguas casa nobles o de los palacios que han sobrevivido a la incuria del tiempo. Siendo como son imponentes algunos patios monumentales de nuestra ciudad  -San Gregorio, Santa Cruz, Palacio Real, Las Francesas, Fabio Nelli, Santa Isabel, etc.- no pierden interés otros patios que, no conservando tanta ornamentación como los citados, al menos mantienen estructura y elementos antiguos, más o menos recuperados, pero que transmiten o dan idea de lo que pudo ser la habitabilidad y la calidad estética de los mismos en siglos pasados. 

En la Casa de los Galdo, situada en la calle Prado, lateral de la iglesia de San Martín en el barrio del mismo nombre, la fachada austera apenas da idea, no obstante su portada con arco de medio punto, su alfiz y sus escudos nobiliarios, de lo que viene detrás y dentro. Un amplio zaguán y el elemento visual y práctico más interesante, un patio de columnas con capiteles toscanos, zapatas de madera y amable floresta que escala por algunas columnas. Un rescate de luz y una presencia del pasado que, no obstante haber tenido una recuperación en gran parte integral, será de agradecer por los vecinos o por cuantos accedan al interior del edificio. Algo de un Valladolid del siglo XVI permanece ahí. El licenciado Francisco Fresno de Galdo se sentiría feliz de saber que no ha desaparecido la huella de la casa que ordenara levantar en su día.





El catedrático de Historia del Arte Juan José Martín González escribió en 1967 un librito jugoso, una relación de edificios de Valladolid que peligraban en aquel tiempo. Se titulaba Valladolid en sus monumentos. Un programa para su defensa y puesto en valor. Un título que ya dejaba muy clara la intención al editar este catálogo. Avisar sobre el estado de tantos edificios históricos y su riesgo de desaparición. Sobre el edificio que traigo aquí puntualizaba lo siguiente:
 
"Casa de los Galdo, número 7 de la calle Prado. Casa en mal estado, de necesaria conservación. Portada con arco de medio punto y escudos. Patio con columnas y maderamientos mudéjares".

La cuestión es que en el libro se citaba una lista considerable de casas, palacios u ottros restos del pasado que debían protegerse bajo riesgo de perderse para siempre. Adjuntando numerosas fotografías del estado en que se hallaban. Algunos se salvaron, parcialmente la mayoría de ellos, otros no. La Casa de los Galdo al menos no fue privada de ciertos elementos que han formado parte del reconstruido edificio. 




Cuando se aprobó el Plan General de urbanismo de 1984 la casa de los Galdo exhibía un cartel de Ruinas. Hay una versión técnica que dice que el propietario de entonces fue dejando que crecieran los desperfectos, los riesgos de desprendimientos y demás con vistas a una demolición total que le permitiera una construcción de nueva planta. "Parece evidente que la intención del propietario era conseguir la declaración de ruina del edificio, hacerlo desaparecer y en el solar resultante levantar algo parecido a lo que hoy se puede 'disfrutar' en el nº 9 de la calle Prado", escribe Armando Aréizaga Esteban, arquitecto restaurador de la casa, en Trazas de la Arquitectura Palaciega en el Valladolid de la Corte.

Afortunadamente no hubo desaparición total, pero sí una intervención a partir de 1986 donde se alzaría un nuevo edificio de viviendas manteniendo características análogas al anterior edificio, y armónicas con el entorno. Edificio que, por otra parte, también había pasado por diferentes modificaciones desde que Francisco Fresno de Galdo construyera el original. Al fin y al cabo habían transcurrido varios siglos, con diferentes propietarios y vecinos que alterarían muchas distribuciones interiores respecto a lo primitivo.




Como al paseante no le resulta suficiente ver, admirar y tomar nota de lo que produce satisfacción visual sobre lo que, aunque tarde y deficientemente, ha llegado del Valladolid antiguo a nuestros días, he indagado en la ficha que Daniel Villalobos fija en la Guía de Arquitectura de Valladolid. Un libro hoy agotado -debería reeditarse y aumentar su contenido- donde leo sobre la casa de los Galdo:

"La disposición del zaguán, con su portada en uno de los extremos de la fachada, permite orientar de manera oblicua la visión hacia el patio interior, porticada en sus cuatro lados, pero ocultando la escalera claustral colocada en el lado del zaguán. Esta percepción sesgada del espacio interior se realiza gracias a la relación desenfilada de las puertas de paso del zaguán que dirige la visión del patio en la dirección de su diagonal. La ordenación quebrada del zaguán (con las puertas desenfiladas) proviene de la tradición hispano-musulmana que, en su empleo originario, permitía ocultar el interior; en este período la ordenación se mantiene invirtiendo su uso: en vez de ocultar facilita la visión del interior en una dirección que crea una perspectiva compleja".

Si alguna vez pasan por esta calle que conserva la alineación antigua pasen al zaguán de la casa y asómense desde la puerta de cristal -no se olvide que es una finca de viviendas- a contemplar el patio. 

Y por si no lo saben en el barrio de San Martín estuvo instalada la primera aljama, la comunidad musulmana, en los siglos XII y XIII. Posteriormente, en el XIV, por imperativos de la autoridad cristiana, pasaron a poblar un nuevo barrio que entonces quedaba fuera del núcleo principal de la ciudad y que hoy es pleno centro (calles Claudio Moyano, Alcalleres, Santa María, Montero Calvo, etc.) Anécdota para memoria de una ciudad vieja.

 











Fotografías antiguas de la Casa de los Galdo que incorporó Juan José Martín González a sus estudios sobre el Patrimonio vallisoletano.


 

domingo, 22 de marzo de 2026

La trabajada belleza del torreón mudéjar de las Huelgas. O lo que queda del alcázar de la reina María de Molina

 


Austera belleza, pero sumamente elaborada, como todo lo que hacían los mudéjares. Que el ladrillo haya dado tanto juego desde las primeras civilizaciones urbanas es una maravilla. Que se haya seguido manteniendo la tradición de su uso gracias a albañiles delicados e ingeniosos es una suerte. Que el torreón de lo que se supone que fue alcázar de la reina de Castilla María de Molina, procedente del lejano siglo XIII, haya llegado hasta nuestros días es una suerte añadida para la ciudad. Acaso se deba a haber permanecido en terrenos del Monasterio de las Huelgas Reales, que fundó aquella reina inteligente y audaz en tiempos de mil disputas dentro y fuera de la Corona. Los arquitectos y albañiles mudéjares sabían hacer los edificios, tanto con vistas a su duración como en la detallada ornamentación a base del mismo material noble, el ladrillo.

El torreón no está al alcance de la vista del paseante. Uno lo conocía por fotografías antiguas y por haber visto su parte superior asomando desde la calle Estudios y la calle Colón, a la altura de la Iglesia de la Magdalena. Y se encuentra dentro de un patio perteneciente al Monasterio de las Huelgas Reales y el colegio concertado adjunto, donde alza su esbelta arquitectura. Sería de desear que quedara incorporado de alguna manera a las visitas en un recorrido histórico y pudiera ser conocido y admirado. 

Ignoro si hoy los especialistas están totalmente de acuerdo con la función que tuvo en su día este torreón. Por una parte leo que pertenecía al alcázar que la reina María de Molina ordenó edificar junto al monasterio. Por otro lado se ha dicho que pudo ser una de las puertas de acceso de la ampliación del recinto amurallado de la ciudad. He elegido tres explicaciones de conocedores de la Historia del Arte y de la Arquitectura como información provechosa.




Juan José Martín González escribió sobre el torréon en su Catálogo de Monumentos Civiles de la ciudad de Valladolid, de 1976:

"Constituye el resto militar más importante de la ciudad. Y se dice militar, porque aunque perteneciente al palacio de la reina, no es sino una puerta de la muralla que le protegía. Doña María de Molina había tenido predilección por la villa, donde construyó un palacio. Se edificaría en los tiempos de su reinado, siendo esposa de Sancho IV (1284-1295) Muerto su esposo continuó gobernando, de suerte que habría de seguirle ocupando. Al aproximarse el término de su vida, el palacio lo cedió para el establecimiento del convento cisterciense de las Huelgas, por ella fundado y donde fue sepultada".





Ignacio Represa describe así el torreón en la Guía de Arquitectura de Valladolid, 1996: 

"Su arquitectura corresponde a un modelo tipológico ligado a las fortificaciones almorávides y almohades, en las que se produce un cambio de eje, formando un recodo, entre el acceso y la salida del interior de la puerta. A esta situación de funcionalidad defensiva se asocia un pequeño adarve situado inmediatamente encima del acceso más monumental (y en posible conexión con el de la desaparecida muralla) que permite en planta baja albergar dos nichos a modo de garitas de guardia. La parte más monumental está organizada a partir de un gran arco túmido resaltado sobre el muro que alberga el arco de paso y la ventana superior correspondiente al adarve. Conserva escasos restos ornamentales, como las mensulillas pétreas de soporte del alero perdido, o rastros de los enfoscados que ocultarían originalmente las fábricas de ladrillo, con relleno de tapiales".





Un texto más reciente que los anteriores, el de Consuelo Escribano en su blog Ermitiella, de 2019,  recoge análogos planteamientos y los actualiza: 

"Esta torre puerta, de planta rectangular de aproximadamente 9,40 m por 7,45 m. suponía la entrada desde el interior de la villa al Palacio Real medieval del siglo XIII mediante un acceso acodado, una estructura bien reconocida y habitual en las construcciones defensivas y que se hereda de la arquitectura fortificada almorávide, si bien su generalización se produjo en época almohade. 

El interior del acceso posee a cada lado dos espacios interpretados como garitas de vigilancia. La construcción se levantó sobre un zócalo de piedra caliza con alzados de tapial hacia el interior del palacio - eso sí, con esquinas reforzadas en material latericio-, mientras que la fachada principal, la que daba a la ciudad, lo hacía en ladrillo. Un revestimiento de mortero de cal se extendía al exterior e interior, donde aún puede observarse en el intradós del gran arco túmido - de herradura apuntado- ciego que configura el ornato constructivo de la puerta. 

Un arco similar mas pequeño e inscrito en aquel alberga una puerta mas reducida, también con arco túmido y una ventana sobre ella rematada con arco de herradura, que actuaría como elemento de guardia, antecedente de las posteriores ladroneras. Represa le hace coincidir con un adarve, que no es sino un paso de ronda, pero no nos ha sido posible acceder a esa zona y trabajamos sobre hipótesis sin contrastar. 

En cualquier caso, todos los arcos se encuentran enmarcados por un alfiz. La torre puerta se inscribe, además, en una fachada delimitada por dos pilastras que rematan en altura con enormes canecillos pétreos que sustentaban una viga sobre la que volaba el alero. Almenas y merlones rematarían el parapeto superior del conjunto. La puerta tiene exentas sus cuatro caras manifestando enjarjes de muros en los paramentos norte y sur".







Esta litografía de Francisco Xavier Parcerisa, así como la fotografía antigua adjunta, transmite una imagen que debió ser contemplada por muchos vallisoletanos y viajeros durante siglos, el torreón cegado y abandonado, del que se hace eco José María Quadrado en su monumental obra Recuerdos y bellezas de España, de 1861, tomo dedicado a Valladolid: 

"...Formando una escreciecia ácia la Magdalena, la separaba del monasterio de las Huelgas situado allende los muros, y hoy todavía contiguo á dicha parroquia aparece tapiado un viejo arco de ladrillo de forma de herradura, que pudo ser puerta..."






miércoles, 18 de marzo de 2026

La estudiante en su rincón

 



La estudiante en su rincón, se me ocurre al descubrir este espléndido mural. Su considerable tamaño y los elementos que lo componen dignifican la medianería. Joven entregada a la lectura y libros que vuelan o navegan nos llevan a interpretaciones sencillas o extensas. Ella ahí, no en un simple rincón. Es un espacio recoleto que se ha montado de conocimientos, de placer intelectual, de sueños y, por qué no, incluso uno más pragmático: de prepararse para ganarse la vida.

El autor de la obra -el vallisoletano Javier Román García, RAGE- la titula en plan inglés como Two likes, one comment, un calificativo a lo moderno, y probablemente pretende una alegoría u homenaje a la estudiante o al valor del libro frente a las nuevas tecnologías, que algunos utilizan de manera reduccionista, o a la práctica de la lectura. De cualquier modo es esa lectora en su rincón la que cataliza su uso y embarca sus neuronas en el sano ejercicio que no solo la van a permitir saber, en las acepciones amplias del término, sino generar salud. 

Ignoro si un mural tan cargado de connotaciones como este es observado con cierta atención por el caminante habitual. No sé cuántos viandantes se detendrán ante él, lo contemplarán con reconocimiento al trabajo realizado y reflexionarán sobre los significados que propone. No sé si verán la estética que complementa la dureza que siempre supone un muro opaco o la sosería de una pared con ventanales meramente prácticos. Es probable que en estos tiempos tan cargados de imágenes visuales y de mensajes en abundancia, gran parte de ellos vacuos, incluso la estudiante pase inadvertida, y tantos paisanos no distingan el mural de un anuncio publicitario comercial. Como no encarna a un personaje histórico, ni habla del relato bélico alguno, ni promociona un culto a la moda, muchos no valorarán el sentido y la belleza de la obra. Pero ahí está, como un acierto, reivindicando al sujeto y al objeto de algo que conviene llevar a cabo y que solo se puede hacer desde un rincón particular, personal.  

La obra, de 2017, se encuentra en un espacio del Palacio de Congresos Pedro Ansúrez y la Casa del Estudiante, y se puede ver desde la calle Real de Burgos, junto a la parte de atrás del Clínico. Lástima que los coches aparcados en el recinto interior impidan tomar las fotografías en toda la dimensión de la obra.